Anuncio.

Por falta de tiempo y por razones personales seguiré escribiendo en el blog de manera esporádica.

viernes, 29 de enero de 2016

El asesinato de Andrés Mirón


Calle Andrés Mirón o del Apipiasco.


Andrés Mirón es uno de los personajes oriundos de Tlatlauquitepec de los cuales se nombra mucho pero poco se sabe, bueno al menos muy poco se ha escrito de él; el único autor que lo nombra es Guy P.C. Thompson en su libro “El liberalismo popular mexicano: Juan Francisco Lucas y la sierra de Puebla, 1854-1917”, durante la crisis de sucesión de gobernadores de Puebla entre el candidato Juan N. Méndez y Carlos Pacheco.

Carlos Pacheco Villalobos, imagen de sinaloamx.com.
Juan N. Méndez, imagen de la pagina www.buscabiografias.com.

“[…] unos guardias nacionales desafectos, y al servicio de Carlos Pacheco, conspiraron para derrocar a las autoridades distritales en Tlatlauqui y Tetetla. Pacheco soborno al coronel Andrés Mirón, un leal mendecista desde hace muchos años, para que organizara el movimiento rebelde en Tlatlauqui. Mirón visito a Pacheco en la ciudad de México en dos ocasiones entre febrero y agosto de 1880. Pacheco le dio dinero, armas (incluyendo una pistola como regalo personal) y municiones. Lucas preveía una sublevación, y mando a cuarenta guardias nacionales del barrio Tlatlauqueño de Tatauzoquico para detener a Mirón. En lugar de cumplir con la orden, los guardias lo ejecutaron delante de su esposa, Yrene Rodríguez de Mirón, sobre la carretera a Zacapoaxtla el 12 de agosto de 1880. Esta madre, cuyos niños quedaron huérfanos, escribió a Díaz (Porfirio) para exigir justicia por el asesinato de su marido, bajo las instrucciones de las autoridades de Tlatlauqui, aun en el poder y decididas a ocultar el crimen. Diáz le otorgo una pensión de 30 pesos".[1]

Indagando por la hemeroteca digital nacional encontré el relato que dio un testigo del asesinato al periódico “siglo diez y nueve” del 20 de julio de 1880; de la cual me di cuenta que la fecha dada por Guy P.C. Thompson para el asesinato de Mirón es errónea, a continuación les presento el relato.




Señoras redactores del siglo XIX.-- México, Julio 16 de 1880- Muy señores míos:--Agradecerá a vdes, se sirvan dar cabida en las columnas de su acreditado diario las siguientes lineas: 

“Con pena y extrañeza indefinibles, acabo de leer una correspondencia dirigida de Puebla al Monitor republicano y suscrita por un sr. F. Pérez, porque en ella se han desnaturalizado de un modo tan palmarios algunos de los hechos a que se refiere, que da fundamento para calificar el articulista como un temerarios apasionado, o bien como informado inexacta y aun calumniosamente. Gustoso prefiero creer lo ultimo, por no tener la honra de conocer a su autor; más como abarca apreciaciones muy complexas, me ocupare de ella otra vez, ademas de esta, en un Memorándum que me propongo publicar oportunamente con toda verdad y sencillez.

Los hechos a que se refiere la predicha correspondencia, envuelven, de la manera que están narrados, inmerecidas injurias en contera de la muy respetable personalidad del Sr. Pacheco y también contra el círculos de sus amigos, que apoyados en la constitución, lo eligieron candidato del Estado de Puebla para gobernarlo en el próximo periodo.

“Tlatlauqui es uno de los distritos de la sierra en el estado de Puebla: allí existía, como en otros muchos, un club político que en la órbita estricta de la ley consiguió uniformar el voto publico de los habitantes en favor de los dignos y populares candidatos González y Pacheco; pues bien, ese circulo, ademas de su derecho de libre elección, tenia y tiene una contestación expresa del Sr. Bonilla, en que este gobernador le garantizo la libertad electoral, y así fundado, trabajo y obtuvo unanimidad en las elecciones primarias, no obstante haber violado la ley, el jefe pollito que quiso imponer su voluntad interviniendo con fuerza armada en la instalación de las casillas. Actos como este, cometidos en Teziutlán, Zacapoaxtla y Tlatlauqui, determinaron de la suerte de estos pueblos, porque mirando el partido de la montaña (como lo califica el remitente), que se le escapaba para siempre esa situación de dominio feudal que ejerce allí, tomó como punto objetivo de sus traidores ataque a los ciudadanos más prominentes del circulo electoral independiente, y ordeno a los jefes políticos el exterminio de esos mismos ciudadanos, habiendo desplegado algunos de aquellos en el cumplimiento de su consigna, un lujo de crueldad que ha llenado de espanto a los pueblos comarcamos.

Entre otros medios de terror y de tortura que ha imaginado y pone en practica el partido a que me refiero, hay uno que merece especial atención; uno que parece inverosímil, alejandrina, absurda conseja, y es el plagio que se hace de las personas desafectadas que tiene la temeridad de provocar en su misma madriguera a los hombres que formen ese poder constituido en eterno cacicazgo.

Los plagios se verifican en el silencio de la noche o en pleno día, arrancando a las victimas del seno de sus hogares para irlas a encerrar a una de las cuevas denominadas del Arenal, Ahuacate, etc, situadas en las inmediaciones de Tlaxcanta, en cerros poco menos que inaccesibles, encima de un desfiladero tajado a pico, cuyo fondo sirve de cauce al rio de Apulco. En esos fatídicos lugares, sin formación de causa, sin formalidad de ningún genero ni aun aparente, se mantiene a los enemigos políticos con un puñado de habas o de maíz tostado, aumentadores el sufrimiento sin satisfacer su apetito y se les deja discrecionalmente hasta que desaparecen como el coronel Lorenzo Praz en 1872; o ya cansados sus inquisitoriales verdugos, les ponen en libertad después de pagado su rescate, como sucedió con el Sr. D. Justo Rufino Saborido, a quien se le exigieron docientos pesos en el mismo año.

¡Y esto pasa en plena civilización y en el corazón del país, en uno de los estos principales como es Puebla!

Volviendo a Tlatlauqui, referiré a vdes. Con toda verdad lo que allí tuvo lugar el día 7 del mes actual, pues soy hijo de la localidad: estaba en ella y fui testigo presencial, advirtiendo a vdes. Que al hacer esta manifestación por medio de la prensa, cumplo con un deber de mi conciencia, rectificando los hechos y dejándolos en un lugar donde puedan ser considerados y apreciarse de distinta manera que lo hace el remitente de la carta que contesto.

“El día referido (7 del actual) a las siete de la mañana, se disponía el Sr. D. Justo R. Saborido y los electores de Tlatlauqui a marchar a a Teziutlán, donde debieron concurrir a la instalación del colegio electoral, cuando una fuerza armada como de sesenta hombres, poco más o menos, que el jefe político Manuel I. Vázquez había ocultado desde la noche anterior en la misma jefatura, salio de imprevisto con las armas preparadas y la bayoneta calada, y poco antes de llegar a un portal donde se encontraba Saborido y el coronel Andrés Mirón, sin intimarles orden de prisión ni hablarles palabra una palabra, les hizo casi a quema ropa una descarga, de la cual salieron ilesos, y como ellos la contestaron con sus pistolas, siguió haciendo disparos, hobligandolos a entrar en la casa del referido portal, donde siguieron defendiendo sus vidas por algún tiempo, hasta que D. Mariano Saborido, anciano de ochenta años , padre de D. Justo, a quien venia a buscar, sabedor del ataque de que era objeto, no obstante su edad y haber sido herido ligeramente en el transito, contuvo a los indios logrando que suspendieran el fuego, y enseguida pregunto al coronel que significaba aquel ataque, a lo que contesto el interpelado también lo ignoraba, limitándose a defender su vida; que deseaba la intervención del cualquier autoridad. Saborido aunque fue a buscar, no encontró a ninguna, y entonces suplico al secretario de la jefatura Silviano Hernández, y al escribiente de la misma, acudiesen en auxilio de los agredidos y evitasen aquel desorden, a lo que accedieron; y llegados a la casa Hernández dijo a Mirón que se rindiese y que nada tendría que temer; pero este, comprendiendo el grave peligro que corría su existencia, contesto que estaba dispuesto a hacerlo siempre que fuera respetado y se le garantizara el ofrecimiento que acababa de oír, en presencia de algunas personas de respeto, o de lo contrario, continuaría defendiéndose hasta morir donde se hallaba.

Portales del palacio municipal de Tlatlauquitepec.


Al oír esto, Hernández dijo: que como el comercio se había cerrado por la alarma del momento, el le empeñaba solemnemente su palabra de honor en nombre del jefe político; más como Mirón replicara que le era insuficiente esa garantía delante de los Sres. Mariano Saborido, Eduardo Rojas y Torrente, volvió el secretario a empeñar su palabra.

Mirón, con la buena fe de un hombre horado, la conciencia tranquila y equivocado por el valor indomable de su briosa juventud agostada en los combates en favor de las instituciones, se rindió y entrego a sus cobardes enemigos, que eran todos indios anhelantes de devorarlo como carnívoros chacales, ya por sus instintos bárbaros como por la orden terminante que les había dado el jefe político.

Capilla de San Jóse Tatauzoquico (lugar de lodo rojo o colorado).


Una vez en sus manos, lo condujeron por el camino de Zacapoaxtla, inmediato a un barrio de Tlatlauqui, llamado Jatauzoquico (Tatauzoquico), donde Vázquez Nerón esperaba impaciente desde la seis de la mañana el desenlace del sangriento y el horripilante drama que con una calma fría y feroz había estando preparando desde el día de las elecciones primarias, despechado por el triunfo legal obtenido en ellas por el circulo independiente. El venerable anciano Saborido, que en unión de otras personas acompañaba a la victima, fue como todas separado por la fuerza en cierto lugar del camino que seguía y donde estaba esperando Vázquez, y previniendo con la experiencia de su edad, por este solo acto, el crimen horrendo que se iba a perpetrar, dijo a la Sra. Irene Guerrero, esposa del coronel Mirón, y que también formaba formaba parte de aquel acompañamiento, que no lo abandonase ni un momento, con la esperanza de que su presencia y estado interesante en que se hallaba, evitaran la desgracia que el temía. Loca esperanza nacida solo del cariño! pues quien de los habitantes de la sierra de Puebla no conoce el instinto sanguinario y brutal de aquellos indios, que excede muchas veces al de tribus salvajes?.

La fuerte escolta que custodiaba a Mirón, precipito el paso, dejando a la esposa de este a distancia de algunos metros, y ocho soldados dispararon sus armas sobre el, aunque acertandole solamente cuatro tiros, pues aun desarmado e inerme, le tenían aquellos asesinos imponderable miedo.

Busto de Andrés Mirón en la explanada del mismo nombre, autor Juan Ignacio
 Pérez Duarte y Noroña.


La esposa corrió al lugar de los disparos y como estaba en cinta de poco meses, al ver tendido en tierra el cuerpo ensangrentado de su esposos, aborto.

No se encontrarían sino la paleta de un hábil pintor, las tintas propias por demasiado oscuras, para bosquejar este cuadro de espanto, de inaudita y desusada barbarie; baste saber que en el primer momento había tres victimas, todas inocentes en el suelo, y poco después una infortunada mujer sentada en medio del monte, sosteniendo en su regazo la cabeza de su esposo, en el ultimo estertor de la muerte y el feto del aborto. ¡¡Ay de los crueles traficantes de sangre humana, si en nuestra desgraciada patria hubiera justicia!!.

Pocos instantes después y todavía en esta situación, una lluvia torrencial se desato lavando con sus aguas la sangre de estas tres figuras.

Los asesinos, incorporados con el jefe político, regresaron a Tlatlauqui, haciendo gala de su marcha triunfal e insultando el mudo dolor pintado en los semblantes de los habitantes pacíficos de nuestro sojuzgado distrito.

Profundamente afectado por estos dolorosos recuerdos, concluyo, señores redactores, protestando haber dicho la verdad con fidelisima exactitud y sin rencor, porque he creído siempre que toda persona que rectifique un error o desmienta una calumnia por medio de la prensa, empeña anticipadamente su decoro, se expone al juicio y fallo del mundo; y por ultimo, debe quedar dispuesta, como yo quedo, a probar cuanto ha asentado y repitiéndome de vd. afectismo S.S. – Antonio Martínez López". ¨[2]


  1. P.C., Thompson. (2011). El liberalismo popular mexicano, Juan Francisco Lucas y la sierra de Puebla, 1854-1917. Puebla: Ediciones de educación y cultura, BUAP.pp 310-311.
  2. Martinez, Antonio. (1880). Los sucesos de Puebla. El siglo diez y nueve, 8.p 2.










No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...